La motivación. JD Roman

 

El cerebro humano tiene ilimitadas posibilidades de modificar paradigmas. Puede ordenarse y reordenarse a sí mismo y es perfectamente capaz de integrar y de trascender antiguos conflictos. Todo lo que viene a dislocar el antiguo orden establecido en nuestra vida es un desencadenante potencial de transformación, de una puesta en movimiento hacia una mayor madurez, hacia una apertura y un poderío acrecentados.

Además, la motivación es, mayormente, intrínseca. Se trata de una fuerza que puede permanecer dormida por mucho tiempo; de hecho, en una persona determinada puede estar inerte toda la vida sin que nunca llegue a aflorar.

Si la motivación fuera externa, toda la gente que, por ejemplo, asistiese a un curso de motivación personal saldría motivada en igual grado y con igual intensidad. Y resulta evidente que, en tal circunstancia, algunos salen dispuestos a cambiar su punto de vista por completo, pero con el paso de los días decrece su entusiasmo y regresan a su forma habitual de vida. Otros sí optan por modificar su vida y su progreso es, a todas luces, evidente. Mientras, otras personas únicamente comentan que el tema fue muy interesante, pero ni siquiera se plantean poner en práctica alguno de los conceptos tratados.

Si una persona depende de otras para que la motiven para actuar, probablemente su perfil será el del “perdedor” a lo largo de toda su vida. Eso es así, porque no está echando mano de su motivación interior que, al final, es la única fuerza motriz que conduce al éxito. Ejemplos prácticos de tal tipología de personas abundan en toda clase de organizaciones. Son individuos que dicen no realizar un mejor trabajo porque no se sienten motivados por sus jefes y, debido a esa actitud, frecuentemente son despedidos de varios empleos. Viven siempre tras la búsqueda de ese gran motivador como si se tratara de un Mesías o de un elixir milagroso. Pueden quedarse esperando el tiempo que sea porque ese salvador nunca llegará. A menos, claro está, que se den cuenta de que esta fuerza siempre ha morado dentro de ellas mismas.

El miedo, por supuesto, también constituye un gran motivador, pero no existe algo peor que actuar por miedo, porque los resultados no siempre serán favorables ni duraderos. Los comportamientos que provoca el miedo no son, pues, consistentes en el tiempo.

Cuando una persona trabaja influida por el temor a que la despidan no puede tener la concentración necesaria ni, por supuesto, estar en buena disposición para dar algún paso adicional para hacer mejor su trabajo. Como parece lógico, únicamente se dedicará a hacer lo necesario para mantener el empleo. Y solamente eso.

El mejor motivador existente es el deseo. La necesidad casi compulsiva de conseguir el éxito en la vida. El querer ser todo lo que uno es capaz de llegar a ser. El aspirar a ascender la montaña y plantar nuestra bandera en la cima. Esta es la única forma de motivación que realmente cuenta. Y esa motivación solo existe dentro de cada uno de nosotros. Es algo así como un resorte comprimido, con toda su energía lista para ser liberada y para dispararnos como un proyectil hacia el triunfo. Todo lo que tenemos que hacer es oprimir el botón.

A menudo, sin embargo, nos suele temblar la mano a la hora de dar ese paso. Muchos dicen “mañana, mañana y mañana”, y cuando se dan cuenta, el tiempo ya se les ha acabado.

El mejor empleado que una organización puede tener es el que sabe motivarse a sí mismo. Un empleado automotivado trabaja para sí mismo y, por lo tanto, él mismo debe felicitarse por sus logros.

No tiene que sorprender, por tanto, que las personas automotivadas tiendan a ocupar los puestos más relevantes de cualquier organización. No es casualidad que, a medida que un empleado asciende en la escala jerárquica, reciba menos halagos cada vez que efectúe un buen trabajo. Primero, porque se espera que siempre haga bien las cosas y segundo porque su motivación interior debiera ser más grande, pues a medida que conseguimos triunfos se incrementa nuestro deseo de seguir adelante y de obtener todavía más éxitos.

Así, parece claro que la coacción o el miedo no constituyen buenos “resortes” para pulsar.

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