Yo soy asertiva. María Rodríguez

Hace unas semanas una amiga me dijo con gran vehemencia: “yo soy asertiva” y esta afirmación creó en mí confusión, ya que la forma en que lo expresaba era, según mi criterio, más una comunicación agresiva que asertiva. Y me hizo pensar que, realmente, en muchas ocasiones las personas damos significados diferentes a los conceptos, con la creencia absoluta de entender los mismos claramente. Por ello, me he decidido a escribir estas líneas.

Cuando hablamos de asertividad nos referimos a un estilo de comunicación que nos facilita las relaciones con las personas del entorno. Existen cientos de definiciones y muchas coinciden en que es la capacidad para comunicarnos de forma efectiva, sabiendo transmitir nuestros sentimientos y necesidades sin herir ni ofender a los demás.

Ahora bien, nuestro estilo de comunicación viene forjado desde la infancia. Hemos aprendido a utilizar un tipo de comunicación que nos ha dado los mejores resultados en un momento determinado, aunque eso no quiera decir que sea el mejor. Además, no solemos ser conscientes de cómo influye nuestro estilo en el entorno. Incluso, algunas personas me han realizado comentarios del tipo: “Madre mía, voy a tener que medir cada cosa que digo” o “aquí enseguida se ofenden las personas por tonterías”.

Seguramente, estos comentarios vienen dados por la “ceguera” comunicacional. Es decir, por la escasa habilidad para reconocer cómo puede afectar nuestra forma de comunicarnos con otras personas y la creencia de que nuestro estilo es el correcto. A veces, somos ofensivos o bruscos, seguramente, sin ser totalmente conscientes de ello.

Os pongo un ejemplo: El otro día en una cena, un amigo le dijo a una chica vegetariana: “anda que venir a cenar para tomar alcachofas…”. Seguramente, la intención no era dañarla, pero lo hizo. Y la falta de asertividad de ella, hizo que no dijera nada. Sin embargo, su rostro y comunicación con la persona que había hecho ese comentario, se redujo a cero desde ese momento.

Sabemos que toda comunicación se traduce en interpretación. Y sabemos también que juzgamos a los otros por sus acciones y a nosotros por nuestras intenciones. Es por ello que debemos tener presente que ninguna palabra es inocente.

Podemos encontrar también personas que no son agresivas, pero tampoco asertivas. Se denominan pasivas. Este estilo se caracteriza por:

  • No ser capaces de expresar qué piensan, sienten, desean en un momento determinado y, menos aún, cuando sus derechos son amenazados. Por ejemplo, cuando no son capaces de decir a una compañera o amiga que no les acompaña al centro comercial (le encantaría quedarse en casa, pero son incapaces de decir “no”).
  • Si dejaron un libro, dinero o apuntes, no llamarán para reclamarlos.
  • Si alguien llega tarde a una reunión, se sentirán enfadados por la tardanza, pero no dirán nada…

Al contrario que el agresivo, los pasivos no expresan realmente lo que piensan, sienten o necesitan. Callan y dejan que los demás decidan por ellos. Algo que en determinado momento  hará que estallen.

Sugerencias:

  • Habla desde el yo, a mí, en vez de tú o a ti… y si el lenguaje es positivo, mejor que mejor.

No es igual decir: “Me gusta el orden en el despacho. Te agradecería que cuando saques los informes los guardaras de nuevo”, que decir: “Siempre dejas el despacho como una pocilga”.

La asertividad implica una expresión apropiada de nuestras necesidades y sentimientos. Y por ello, el uso del “yo” facilita que:

  • Cuando hablo de mí, no culpo
  • Nos centramos en el comportamiento y el efecto del comportamiento
  • Es honesto, directo y produce crecimiento en las relaciones con los demás

Respeta las opiniones de los demás sin juzgarlas…: “Eso que acabas de decir es una chorrada…” Ten en cuenta que todos llevamos nuestra “mochila”.

“Decir lo que siento en un marco de respeto”

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