Pedagogía del coaching. JD Roman

La metodología basada en las preguntas es, por su naturaleza, la más sencilla. Nos devuelve a nuestra infancia al estimular nuestra curiosidad, ya que no siempre contamos con plena conciencia de nuestros hábitos. Por eso, el buen coach se ocupa de formular buenas preguntas, provocando así la reacción de su coachee.

La grandeza del coaching reside en la posibilidad de poder establecer una confrontación guiada y según una determinada metodología entre el coach y el coachee, de forma que esta función tutora se convierte en guía, asistente o cuestionadora. Por el camino de la deducción, el “cliente” va llegando por sí mismo a sus propias conclusiones y, finalmente, hacia un conocimiento tácito, que es el único que integra en sí mismo.

La filosofía de este método es, obviamente, socrática y se basa en la ya mencionada “mayéutica”.

El trabajo de un coach podríamos dividirlo en tres partes. La primera parte sirve para establecer conjuntamente los objetivos que se pretenden alcanzar. Es bien sabido que no todas las personas son iguales, ni reaccionan exactamente de la misma forma a pesar de que los estímulos existentes sean idénticos. Por tanto, el trabajo siempre ha de estar personalizado a cada discípulo. Esto implica conocerlo, empatizar con él, establecer un vínculo de comunicación.

La segunda parte tiene que ver con el trabajo conjunto, con la observación presencial, con las recomendaciones y con muchas preguntas que van dirigidas a buscar la deducción individual. Esta fase suele prolongarse durante varios meses, con una asistencia más continuada en los primeros meses y más dilatada después, a fin de contrastar los resultados.

El coach es un observador activo que cuestiona, interroga, enseña incluso a preguntar, pero que se abstiene en todo momento de establecer conclusiones. A menudo, ni siquiera proporciona respuestas. El coachee que realmente aprende se percata por sí mismo de qué hace mal. Por lo que el coach, a menudo, ni siquiera prescribe, y sólo se limita a observar y a poner en evidencia.

La última fase es la de la evaluación y la del mantenimiento. Resulta habitual que en un proceso de coaching se creen vínculos entre las partes, aun habiéndolo realizado muy profesionalmente. La tentación de acudir al coach siempre es proporcional a los intereses de mejora permanente del coachee. No obstante, si la lección ha sido bien aprendida, una gran parte del trabajo, en el futuro, tendrá que hacerlo el coachee por sí mismo.

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