La rana es un anfibio que adapta la temperatura de su cuerpo al medio ambiente que le rodea. Si atrapamos una rana y la depositamos en un recipiente con agua y, posteriormente, ponemos dicho recipiente en el fuego (con la rana dentro) seremos testigos de un fenómeno muy curioso y, al mismo tiempo, altamente revelador.

El agua poco a poco se va calentando. La rana, sin embargo, adapta la temperatura de su cuerpo al medio ambiente no encontrando, en estos primeros momentos, mayores problemas para hacerlo. El agua, inexorablemente, se sigue calentando. Y la rana, de nuevo, es capaz de adaptar la temperatura de su cuerpo al medio en el que se encuentra, bien es cierto que en esta ocasión con más esfuerzo y utilizando más energía que anteriormente. El agua continúa calentándose… ¿Imaginan cómo termina esta historia? Efectivamente, han acertado: rana cocida o, si lo prefieren, ancas de rana.

Es verdad que la rana está en disposición de adaptar la temperatura de su cuerpo al medio ambiente pero, lógicamente, únicamente hasta cierto punto. A partir de ahí su vida, literalmente, está en serio peligro. ¿Por qué entonces no salta del recipiente en el que se halla inmersa? Sencillamente porque tiene el convencimiento (evidentemente erróneo) de que en esta ocasión también podrá adaptarse. Al fin y al cabo, se ha visto obligada a hacerlo en otras muchas ocasiones en el pasado y, en todas ellas, con éxito.

Desgraciadamente, este síndrome, podríamos hablar de él como el “síndrome de la rana cocida”, afecta a muchas organizaciones, empresas, equipos y personas. En la realidad cotidiana en la cual estamos inmersos, han sido muchos los que estaban plenamente convencidos de que podrían adaptarse al entorno circundante y, de repente, han comprobado que el cambio era mucho más drástico de lo que habían supuesto. Lamentablemente, en no pocas ocasiones, el resultado era predecible e inevitable: convertirse en “ranas cocidas”.

No creemos atentar contra el sentido común si afirmamos que si siempre hacemos lo mismo, siempre vamos a conseguir los mismos resultados (suponiendo que todos los parámetros existentes en ese momento se cumplan y que ninguno se “desvíe” en cuyo caso seguro que los resultados serían peores).

En un mundo globalizado y cada vez más competitivo, la capacidad para generar y gestionar nuevas ideas que se conviertan en valiosos proyectos o innovaciones se ha convertido en una ventaja competitiva requerida para la subsistencia de las organizaciones, para los profesionales que habitan en ellas y para todas aquellas personas con espíritu emprendedor. En otras palabras, la capacidad de adaptación a situaciones nuevas resulta, nunca mejor dicho, vital.

Esta capacidad de adaptación al entorno circundante es susceptible de presentarse desde dos vertientes. Una de ellas es netamente reactiva. Tiene lugar cuando, al darnos cuenta de los cambios acaecidos a nuestro alrededor, determinamos que no vamos a poder conseguir los mismos resultados que estamos logrando desde la situación en la que nos encontramos en el momento actual. Se inicia entonces el intento de adaptación a la nueva situación existente.

La segunda vertiente es, en cambio, proactiva. En este caso, se trata de anticiparse a los cambios que se considera que van tener lugar en un futuro más o menos cercano.

Obviamente, este último enfoque tiene muchos riesgos pero, en la mayoría de casos, resulta mucho más eficaz. El primer enfoque, el reactivo, si bien a menudo puede tener éxito y lograr la adaptación a las nuevas circunstancias, suele darse de bruces con una evidencia: la respuesta llega demasiado tarde (por no hablar del gasto de tiempo y de energía que requiere tamaño esfuerzo).

Desde luego, no tenemos una idea exacta de lo que va a suceder en el futuro y, por lo tanto, de cómo los cambios han de llevarse a cabo. Sin embargo, de una cosa estamos seguros: la habilidad que más y mejor contribuye a afrontar los cambios y las crisis con ciertas garantías de éxito es la creatividad

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