Esta fase corresponde al tiempo necesario para reflexionar acerca de la oportunidad o problema identificado, a fin de evaluar y estudiar las diversas opciones generadas en la etapa anteriormente descrita del proceso. Se trata de un período de “tiempo muerto” donde se deja cocer el problema a fuego lento mientras nos dedicamos otras cuestiones y ponemos el subconsciente a trabajar.

 

Esta fase se desarrolla por consiguiente en el inconsciente de las personas. Representa un tiempo de quietud frente a la consideración del problema y a la búsqueda de una solución.

 

El período de tiempo que uno pasa sin pensar directamente en el problema permite recuperarnos de la fatiga y, de esa forma, estar en mejor disposición para centrar mejor la atención en los distintos elementos que integran el problema. Al dejar de tener activo en la mente un problema, posibilitamos que los detalles sin importancia desaparezcan mientras que conservamos en nuestra memoria otros aspectos más relevantes y significativos del asunto. Son precisamente con ellos con los cuales podemos enfocar el problema aplicando otra perspectiva y poniendo en juego menos limitaciones que las existentes en el marco mental previo.

 

Al prestarle atención a algo distinto al problema podemos atenuar la creencia de que un enfoque en el que hemos invertido una gran cantidad de tiempo y energía es el mejor modo y el más adecuado de avanzar. En realidad, ese enfoque puede de hecho estar bloqueando el acceso a la solución buscada.

 

Por tanto, estas pausas posibilitan que el problema se contemple cada vez con mayor claridad. Veremos que muchas técnicas creativas buscan esta desconexión con la situación actual, esa pausa, esos nuevos aires…

 

La erradicación de la implicación directa con el problema, permite suspender la emisión de juicios lo cual, no pocas veces, posibilita que el problema pueda pasar a través de los diversos estados de la mente.

 

En la base de este proceder, se encuentra el incontrovertible hecho de que disponer de más tiempo para pensar y meditar redunda en una mayor experiencia perceptiva (aunque ésta sea inconsciente).

 

Por lo tanto, la etapa de incubación se caracteriza por dos rasgos principales: la participación del inconsciente [1] de las personas y el alejamiento, al menos aparente, del problema.

[1]          ¿A quién no le ha sucedido que de repente le viene a la mente el nombre de una persona que cuando le vimos unos días antes no podíamos recordar cómo se llamaba? Ya no pensábamos en ello y súbitamente – y sin motivo aparente – el nombre de la persona nos llega claro y sin esfuerzo a nuestro recuerdo.

 

El motivo de este hecho radica precisamente en el inconsciente. La red eléctrica del cerebro conecta neuronas mediante impulsos nerviosos para elaborar pensamientos. Hagamos lo que hagamos, las neuronas buscan conexiones para dar respuestas a nuestras necesidades, sean físicas o emocionales. Este proceso se realiza incluso contra nuestra propia voluntad.

 

Por eso, muchas ideas y soluciones aparecen “de repente” cuando el inconsciente logra organizar y ordenar la información y los estímulos que previamente le hemos proporcionado.

 

De ahí, que sea recomendable proporcionar al inconsciente material en forma de retos, desafíos y problemas. El inconsciente siempre trabajará en ello, aunque no queramos.

LinkedIn
Twitter
Instagram
Facebook
Pinterest